La despedida del año viejo de los 70 en Cañete – Román Fernández Adriano

Crónica completa publicada en D’Palenque: literatura y afrodescendencia. Año III, N° 3, 2018

Los 31 de diciembre, la Agrupación Cultural “Cañete Negro”, desde sus inicios, trató de relevar las costumbres de nuestros mayores. Una de ellas era la despedida del año viejo. Recuerdo que allá por los años 70, lo realizamos en varias oportunidades. Participaban los que conformaban la agrupación cultural, apoyados por sus padres y familiares.

Al año viejo (muñeco) se le ponía el nombre de un personaje de más edad de la localidad. Alguna vez se le puso Enrique (cachafaz). El muñeco lo hacían los varones. Era rellenado de paja y sus vísceras eran cohetones. Por el contrario, las comidas y bebidas las hacían las mujeres con apoyo de sus familiares.

El local de ensayo era en la calle O`higgins N.° 356, casa de mi madre (Doña Mere), quien también apoyaba. De allí salía la  comparsa, hacia la esquina de la primera cuadra y allí bailaba “Cañete Negrito” al ritmo del cajón, cajita, quijada y cencerro, alrededor del  muñeco. Después de danzar un festejo, todos regresábamos a la esquina del colegio Sepúlveda, donde se bailó el sable y el mate, un festejo,  levántamelo María, etc. Luego, aparecían muy discretamente los diablos con mucho gesto, para querer observar y llevarse el alma del año viejo. Ingresaban a bailar con sus trinches en mano y lo hacían alrededor del muñeco. Entre el público se aparecían los ángeles con sus pasos cortitos, para tratar de que no se llevaran el alma del año viejo. Una vez terminado el baile del Son de los diablos, el secretario Augusto Joya leía el testamento dejado por el año viejo y decía “antes que me echen al infierno donde se quema todo, hasta la conciencia, hagáis caso a mí testamento, podrán gozar de lo que encomiendo:
Yo dejo:
–Para mi compadre “come gato”, mi único pantalón y mi camisa que ya está planchada hace un año a pura grasa.
–A mi hermanón “cabeza de güiro” le dejo una bicicleta sin rayos y una chola sin dientes que se llama Teófila.
–A mi vecino Juan (peor es nada), una vieja solterona que ha perdido las esperanzas de conseguir marido.
–A mi suegra, un balde de jugo de achicoria para que la tome en mi velorio.

–A doña Jacoba, la viudita del frente, para que reciba cariño por donde más lo extrañe.
–A mis viudas, en manos de jóvenes galantes que les hagan olvidar los tristes recuerdos de sus difuntos maridos, etc.

Terminada la lectura del testamento, se prendía el muñeco y nuevamente los diablos bailaban alrededor y le incrustaban con el trinche. Una vez terminado, pasábamos al local, donde nos reuníamos para tomar algunos refrescos y a comer. Después, empezaba la fiesta
de Año Nuevo.
Quiero recordarles que nuestro deseo era revivir la tradición del año viejo. También, decirles que el primer año observaron unas 50 personas y el último año unas 300 aproximadamente. Nunca terminaré de agradecer a los que integraron Cañete Negro de esos tiempos
y a sus familiares por el gran apoyo.

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